Capitulo III: La ciudad infantil

La estrella daba vueltas y vueltas, subía y bajaba. Los carruseles giraban a toda prisa; y en ellos, los niños, gritaban de alegría. Se apeaban de un aparato y corrían a montar otro. Un niño se acerco temeroso a la estrella.

Hey tu no, tu eres demasiado grande. Fuera, fuera de aquí.

Mira es el grandullón de Liher. Tan grande como esta dijo un pequeño que subía a la estrella.

El niño se alejo y se oculto entre unos matorrales, desde allí podía ver la montaña rusa, podía ver la estrella elevarse hasta el cielo, podía ver los aviones girar vertiginosamente. Sintió pasos detrás de el, y se viro asustado.

Yo… Yo no he hecho nada… Solo miraba.

Yo también miraba, me gusta recordar.

¿Recordar?… ¿Usted viene aquí a recordar?

Si, creo que esta fue la única etapa en que fui feliz.

Yo quisiera seguir montando los aparatos, seguir jugando; jugar siempre… Pero ellos no me dejan.

¿Como te llamas?

Liher, ¿y tu?

Me llamo Nil.

El se le acerco y le puso la mano en el hombro.

Escucha Liher, ya tú estas grande, eres un jovencito; ahora tú debes reunirte con los jóvenes de tu edad: ir a fiestas, bailar, realizar otros juegos; te va a gustar.

No, yo no quiero. Yo quiero venir aquí con… con Noria.

¿Noria? ¿Quien es ella?

Ella fue la que me crió. Ella me traía aquí todos los días… Pero ella se fue, se la llevaron.

Es normal Liher, ya tú eres un hombrecito. Tienes que adaptarte a esa idea.

Si, eso dice mi madre. A mi nadie me entiende, nadie.

Y diciendo esto se alejo corriendo. Lo vio alejarse y lo siguió con la mirada hasta que desapareció. Luego alzo la vista hacia la estrella que seguía su movimiento inexorable: a veces arriba, a veces abajo; escucho la risa de los niños y sintió pena por Liher que quería seguir siendo niño; quizás por eso el también a hurtadillas, como un ladrón iba a cada rato a ese lugar, tratando de no ser visto, contemplando desde lejos el incesante movimiento de los aparatos y escuchando la risa estridente de los niños. Esa alegría infantil que el había perdido.

¿Que haces Liher? ¿Que estas haciendo encerrado en el cuarto? ¡Vamos abre!

El niño abrió con cara de susto. La madre entro como un torbellino.

¿Que estas haciendo? Otra vez jugando a los carritos. Te lo he dicho ya mil veces. Ya no eres un niño. Tienes que relacionarte con personas mayores. Todas mis amigas me preguntan por ti, y les tengo que mentir, yo no puede decir que tengo un hijo retrasado mental. Porque eso es lo que eres, ¡un retrasado! No te das cuenta; tienes dieciséis años y actúas como un niño de ocho años: jugando a los carritos, yendo a la Ciudad Infantil. Tú tienes que salir con jóvenes. ¡Ir a la Ciudad de Noche! ¡Me entiendes! Escucha bien esto Liher, si no cambias te enviare a un hospital y no sabré mas de ti. ¡No sabré más de ti!

La madre se fue, Liher estaba solo. Los juguetes desordenados, la cama distendida. Tomo un pequeño robot en sus manos.

Noria porque te fuiste… Porque me abandonaste. Vuelve Noria… Vuelve… Te necesito…

La madre se derrumbo sobre el sofá, se preguntaba como pudo tocarle un hijo así. Porque ese castigo. Era tan inmaduro, tan infantil. Tenia un hijo que se negaba a ser hombre. Posiblemente jamás tenga relaciones con ninguna mujer. Golpeo con furia el sofá. Podía ver esa cara ingenua que ponía cuando ella le hablaba de mujeres. Nada. Y cuando les trajo aquellas revistas. Nada. Comenzó a recortarlas. Como cuando era pequeño y Noria le recortaba las… ¡Noria! ¿Por que esa idea fija? Seguía hablando con ella. Seguía aferrado a ella. Ya el no necesitaba de niñera. Era un joven. Tenia que salir a buscar mujeres. Tenia que demos¬trar que era un hombre. Pero, no; el estaba allí, encerrado, entre cuatro paredes, escondiéndose. ¡Nunca! ¡Nunca su hijo seria hombre! Fue entonces que tomo una decisión: ¡Tener otro hijo!

La madre se disponía a salir.

Te vas mama.

Si.

No te vayas, quédate un ártico mas.

Déjate de tonterías. Lo que tienes que hacer es vestirte y salir a divertirte.

Por favor mama, no me dejes solo.

Ese es tu problema, si tu no quieres divertirte, deja que los demás al menos se diviertan.

Mama…

Es tu problema Liher. Tienes que salir, ser como los demás… Adiós.

Mama… Mama… Me siento solo… Muy solo.

La puerta se cerro, solo las paredes de una habitación vacía se alzaban ante sus ojos. Corría al cuarto allí estaba el pequeño robot. Liher lo tomo entre sus manos y lo apretó contra su pecho.

Noria… Noria.

Las nubes violetas huyan al este, se escapaban de la ciudad de noche; temerosas de las luces, tropezando unas con otras, se alejaban de la ciudad.

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Acerca de Alejandro Madruga

Licenciado en Cibernética Matematica. Trabajo el tema de la Inteligencia Artificial desde 1986. He publicado articulos y ensayos sobre la Cibernetica y las tendencias tecnologicas. También he publicados narraciones de ciencia ficción
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