Capitulo XIII: El poeta

Después de varios meses tratando de localizarlo, al fin Omar da con Romi, “el poeta”.

Es un hombre delgado de rostro pálido, de cabellos lacios que le caían sobre los ojos.

Hola Romi, soy un amigo.

Hola que desea.

No voy a estar con rodeos, usted es uno de los mejores poetas que he leído, su sensibilidad es asombrosa.

Omar hizo una breve pausa y fijos sus ojos en los del poeta.

Su obra no puede desaparecer.

No lo entiendo.

Usted me entiende y sabe que de un momento a otro lo detendrán.

Ellos ya ni si acuerdan de mi. Hace años que no voy a ninguna actividad. Y ya ve… ¿Por que van a interesarse ahora por mí?

No sea tonto, cada cierto tiempo realizan un censo por computadoras, usted tiene su numero en la red. Sabrán de usted y vendrán y le revisaran la casa, si le encuentran algo sospechoso lo juzgaran como hamubis, sino lo enviaran para el asilo, como a un enfermo y no saldrá nunca de allí. Y sus obras. ¿Sabe lo que le pasara? ¡Las destruirán!

¿Y usted que quiere de mi? el hombre lo miraba con recelo.

No, se equivoca amigo, no soy un sacrificado. Solo quiero salvar su obra, publicarla. Dejarle su legado a la humanidad.

¿Usted es un hamubis?

Eso no importa ahora. Solo importa salvar su poesía. Confíe en mí.

Al menos dígame su nombre.

Rabindranat.

El hombre lo miro a los ojos, Omar sostuvo su mirada, y sintió que podía confiar en el.

Esta bien le entregare todos mis poemas. Eso si quiero que me haga llegar el libro en cuanto lo editen.

De acuerdo.

Omar se había ido, ahora el poeta estaba solo, había entregado todos sus manuscritos, había confiado en un extraño; tal vez su obra nunca seria editada; tal vez la muerte le estaba acechando. Tenía cuarenta años, de los cuales veinte los llevaba escribiendo poemas, veinte años de soledad de aislamiento.

Sonó el timbre. En la pantalla apareció un hombre sonriente.

Hola Romi. ¿Como se encuentra? Me imagino que no muy bien de salud. ¿Verdad? Seguro, sino como explicar que usted ya no existe a ninguna actividad. Usted ha perdido la alegría de vivir, de buscar el placer. Usted debe estar enfermo, muy enfermo. Le propongo que se pase unos días descansando en el sanatorio. ¿Acepta?

No, no… Esta noche iré… Iré a la ciudad.

Bueno, si usted lo dice. Entonces… Diviértase.

Si, si, me divertiré.

Nos vemos Romi.

Adios, adios…

Bailaba con dificultad, se fatigaba enseguida, estaba enfermo. Omar lo observaba, sabia porque estaba ahí.

El bailaba, bailaba sudando copiosamente, sentía ganas de vomitar, pero seguía bailando. Una mujer muy joven se le acerco y lo tomo de la mano y salieron juntos. Ya en el auto.

Jovencita yo no me siento bien hoy, discúlpeme.

Lo se, lo llevare a su casa para que descanse.

¿Usted?… ¿Una hamubis?

Ella no respondió nada.

¿Y mi obra?… ¿Cuando estará?

Escuche: yo solo tengo instrucción de llevarlo a su casa, no se nada más. Ahora debo irme. Descanse, todo saldrá como usted desea.

Ella se asomo por la ventana y vio un hombre merodeando, sin dudas era un sacrificado. Comprendió que tenía que pasar la noche allí.

Transcurrieron varios días. Romi escucho el timbre del teléfono.

Hola amigo. De verdad que no lo comprendo, no se porque se esfuerza, usted esta muy enfermo, usted ya perdió el deseo de vivir. ¿Que quiere demostrar? Es absurdo en el asilo usted tendrá lo que usted necesita: descanso, tranquilidad.

Por favor déme unos días, solo unos días mas, después lléveme a donde usted quiera.

No lo entiendo. ¿Que usted se trae entre manos?

No… Nada, nada… Se lo juro.

Iremos inmediatamente para allá.

No, no… Aun no.

Había colgado, no habían transcurrido tres minutos cuando sonó el timbre de la puerta.

¡Oh no! Son ellos…

Abrió la puerta pero no había nadie. Su vista se fijo en el suelo, allí habían tres libros. Los tomo precipitadamente, su respiración era entre cortada. Se dejo caer en el sofá y comenzó a hojearlos, las manos le temblaban. En uno de los libros había una nota: SU OBRA LE SOBREVIVIRA. El sabía que en esos momentos en otra parte había miles de ejemplares circulando. Sintió nuevamente el timbre de la puerta. La abrió, tenia los libros apretados contra su pecho.

Ahora pueden hacer conmigo lo que quieran.

El representante de los sacrificados cogió los libros que le entregaba el guardián.

¿Crees que sea un hamubis?

No lo creo respondió Kas Troll.

Entonces, ¿por que no habla? El conoce a los que le editaron los libros.

A lo mejor ni los conoce.

En ese momento entro el viejo.

¿Que porque no habla? Sencillo. Para el la muerte no significa nada. Ese hombre esta enfermo, yo diría que muerto en vida, lo que tenemos es su cuerpo, su alma esta en estos libros y ya nada los puede destruir.

El viejo tomo los libros y fue a marcharse.

¡Un momento! Esos libros deben quemarse.

No Kas Troll, mi hijo los debe incluir en la biblioteca, esa es nuestra ley, conservar siempre algunos ejemplares.

Olvidas que lo que se conservan son autores famosos.

Y que te hace pensar que el no lo sea. Los hamubis no se hubieran arriesgado. Por otra parte nuestra obligación es conocer todo lo que sucede…

No me digas cual es mi obligación. Ni estés tratando de interpretar las leyes a tu manera. Aquí las reglas las impongo yo, y las leyes las aplico yo. ¿Esta claro? El viejo asintió con la cabeza. Llévate esos entupidos libros. Tú y tu hijo no saben hacer otra cosa.

El viejo no se dio por aludido y salio tranquilamente con sus libros.

Bien, ¿Que haremos con el? pregunto el otro.

Enviarlo al asilo.

Y no lo vas a crucificar.

No vale la pena, seria darle demasiada importancia.

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Acerca de Alejandro Madruga

Licenciado en Cibernética Matematica. Trabajo el tema de la Inteligencia Artificial desde 1986. He publicado articulos y ensayos sobre la Cibernetica y las tendencias tecnologicas. También he publicados narraciones de ciencia ficción
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