Capitulo XVIII: Enamorados

Ellos caminan cogidos de la mano, convencidos que el tiempo solo transcurre para ellos, que todo existe solo para ellos, para contemplarlo juntos. Así transcurrían los meses, meses felices; pero, no todo era color de rosa; se habían olvidado de los demás, en cambio los demás; no se lo perdonaban.

– Miren ahí están los tortolitos.

El grupo se acerco a Liher, a la cabeza iba Ray Troll.

– Ustedes no se cansan de estar el día entero juntos. ¿De que pueden hablar ustedes?

– Deben estar muy aburridos. ¿Verdad Ray? dijo otro.

– Ven conmigo bebita, yo te enseñare nuevas cosas.

– A mi no me interesa ninguno de ustedes respondió Herli.

– Vendrás conmigo quieras o no y diciendo esto la tomo por un brazo.

Liher se precipito sobre lo empujo. Ray Troll retrocedió varios pasos, mientras Liher se colocaba delante de ella. Estaba tenso, era como si una fuerza desconocida lo empujara a enfrentarse a ellos.

– No se ira con ustedes.

Su voz también era desconocida para el. Era una voz ronca y en su rostro había tal expresión de fiereza que Ray Troll retrocedió asustado

– Quieres pelear. Te atreverías a pelear contra todos nosotros por una chica le dijo Ray Troll luego de salir de su sorpresa.

El no hablaba, solo aquello mirada encendida, solo sus ojos hablaban por el. Estaba fuera de si. El mismo no sabía lo que era capaz de hacer. Solo de una cosa estaba seguro, que estaba allí cubriéndola con su cuerpo. Dispuesto a todo. No sabia porque lo hacia pero permanecía allí desafiante.

– ¿Sabes que eso no es normal? Nadie pelea por una chica, a menos que… que seas un hamubis.

Liher palideció.

– Yo no soy un hamubis.

– Entonces deja que la chica venga con nosotros.

– Ella no quiere ir.

– ¿Tu que sabes lo que ella quiera? Déjala venir conmigo y te garantizo que nunca más querrá verte.

Ray Troll estiro su mano para coger a Herli. Pero Liher lo volvió a empujar.

– Estoy dispuesto a todo. ¡A todo! Nadie me la va quitar. Ella es de libre. Ella esta conmigo. ¡Conmigo!

– Nosotros también somos libres de elegir, y la elegimos a ella. Son varias elecciones contra una sola. Nos pertenece.

Liher los observaba con los puños apretados. Solo su mirada desafiante le respondía.

– Porque no llegamos a un acuerdo, tu nos la presta a cada uno por una noche y después te la devolvemos.

– ¡Nunca!

– ¿Pero que te puede a ti importar eso? Nosotros queremos estar con ella. Y tú no tienes derecho ninguno sobre ella. Todos somos libres.

– Un chico se le acerco a Liher desafiante, pero antes que llegara Liher le propino un golpe que lo hizo rodar por tierra. Todos quedaron sorprendidos, jamás esperaron esa reacción.

– ¡Estas loco! le grito Ray Troll Te advierto vas a tener problemas. Te vas a arrepentir de esto. Solo un hamubis haría tal cosa. Te vamos a crucificar: hamubis.

Y diciendo esto se alejaron.

Ella se le abrazo temblorosa.

– Liher tengo miedo.

– No temas, yo te defenderé. Esta vez nadie podrá sepárame. Luchare, luchare por ti, por nosotros.

Desde entonces dejaron de ir a la ciudad de noche, esquivaban los lugares concurridos, donde podían estar los otros.
Pero no sabían que alguien los seguía.

Estaban sentados en un parque abandonado donde la hierba crecía silvestre y daba casi a la cintura, en el centro del parque había dos estatuas. Ellos acostumbraban a frecuentar ese parque, desde aquella tarde que lo descubrieron y lo hicieron suyo.

Se acercaron a las estatuas. Ella tenia su cabeza recostada sobre el hombre de el, aunque el tiempo casi les había borrado el rostro, se percibía en el rostro de ambos una expresión de éxtasis. Que lejos estaban ellos de saber que hace muchos años, en ese parque iban las parejas a arrullarse y que todos lo conocían por el parque del amor.

– Liher, ¿por que no vamos a la costa?

– ¿A la costa?

– Si, a la costa.

– Nadie va a la costa.

– Y a nosotros que nos importa eso. Tampoco nadie viene a este parque.

– Es que… Quiero ver el mar. He oído tantas historias sobre el. Yo sola no me atrevo, pero contigo; contigo no tengo miedo.

A los lejos Nil, los contemplaba. Ahora caminaban hacia el mar, el mar con sus terribles olas y su incesante rugir, nadie osaba acercársele, debían estar locos… locos, locos –pensó Nil

– Vamos a acercarnos un poco mas dijo ella.

Avanzaron cogidos de la cintura, el viento a veces los hacia retroceder, el vestido de ella se levantaba mas allá de la cintura, dejando ver sus muslos. Respiraban con trabajo. Ella sintió un mareo y se recostó sobre el pecho de el. Soplaba el viento del norte. Sentían que de un momento a otro iban a salir volando, o que una ola enorme los arrastraría mar afuera. Ella se abrazo a el; el la estrecho contra si con mas fuerza a un. Jamás nadie se atrevió a tanto. A desafiar así a la naturaleza. Cada segundo que pasaba se les hacia mas difícil respirar.

– ¡Mar! Nosotros no te tenemos miedo.

Una ola enorme se alzo ante ellos y se destrozo furiosa contra las rocas, salpicándolos.

El sintió el sabor del agua salado y la miro asustado, vio el rostro de ella salpicado y se apresuro a secarlo con su pañuelo.

– No temas, es solo agua de mar; no es dañina. Tú también tienes el rostro mojado.

Diciendo esto lo acaricio borrando las gotas de mar de su rostro.

– Veámonos, han sido demasiada las experiencias para un solo día.

El no hablo, le puso el brazo sobre el hombro y se alejaron. Detrás quedaba el mar, ellos escuchaban rugidos, lo sentían furioso, rabiar de ira.

Ellos ahora corrían, tomados de la mano; riendo como niños traviesos.

Luego se volvieron hacia el mar.

– Verdad que a pesar de todo es hermoso.

Liher la miro sorprendido.

– Mira Liher, mira las olas. No son magnificas. Mira aquella que viene allá atrás: ¡Es enorme! Mira la espuma que hacen. ¿No es bello?

– Si es muy bello, todo lo que tú miras es bello. Son tus ojos.

Ella lo beso.

– ¿Que es esto que siento Liher? Escucha como me late el corazón. Me parece que todas las cosas están esperando por nosotros. Es como si estuviera descubriendo la vida. Siento tantas cosas que a veces tengo miedo… Te das cuenta, no ves lo grande que es el mundo, no ves lo inmenso que es el mar. Y… Siento que todo esto es nuestro, que nos pertenece. Que existe porque estamos tú y yo aquí…

Liher callaba, sentía que ella hablaba por los dos. También el sentía lo mismo. Y también el tenia miedo. Temía perderla, esa sola idea, le producía un dolor en el pecho, un estado de sobresalto, entonces, como un loco salía en su búsqueda; solo el verla a ella lo podía tranquilizar. Ella era lo unico que existia para el.

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Acerca de Alejandro Madruga

Licenciado en Cibernética Matematica. Trabajo el tema de la Inteligencia Artificial desde 1986. He publicado articulos y ensayos sobre la Cibernetica y las tendencias tecnologicas. También he publicados narraciones de ciencia ficción
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