Capitulo XXVI: Oh mar

Omar contemplaba el mar, el mar donde una vez nació. Recordaba a Nerly, le parecía verla saltar sobre las olas, elevarse casi dos metros y luego caer estrepitosamente; como olvidar al resto de los delfines: Keny, Mary, Sol y tantos otros. Vino del mar y allí volverá algún día. Ahí estaba su tumba, era ley, regresar siempre. Era el llamado del mar. ¿Por que recordaba ahora todo aquello? ¿Por que esa nostalgia? Esa mañana le habían comunicado que Nely había muerto.

El estaba sobre la arena, las olas se deslizaban hasta la orilla y lo mojaban; luego partían nuevamente hacia las profundidades; las olas llegaban hasta sus pies y luego regresaban otra vez; trayendo su mensaje desde lo mas hondo de su ser. Una voz que parecía decir: ven, regresa a mi. Era la voz del mar, el grito silencio del tiempo, el aullido feroz del pasado. El Omar, el explorador de las profundidades marinas; el buscador de reliquias. ¿Quien mejor que el para conocer las entrañas del mar? Había tenido que dejar aquel mundo, había tenido que partir, partir hacia otro mundo; con otra misión que cumplir. Antes salvaba reliquias perdidas en el fondo del mar; ahora salvar obras ocultas en cuartos oscuros. Este era otro mundo, y el, no podía evitar sentir nostalgia por su vida anterior. Hoy más que nunca, hoy que el mar era más azul, más hermoso. Respiro aquel aire puro, lleno de suspiros; se lleno los pulmones de ese aire de mar, tan conocido; sentir el salitre sobre la piel; sentirse parte integral de aquel mundo.

Transcurrieron las horas. Omar permanecía allí pegado al mar. El sol a hurtadillas se iba desplazando sobre su cabeza, hasta colocarse frente a el, hasta tornarse rojizo; las olas se iban alejando de la orilla cada vez mas; el sol se apagaba en el horizonte; el chillido desgarrador de una gaviota rajo el aire; la luz se apagaba; el mar se deshacía en los últimos rizos de espuma blanca; llego la noche, lentamente la oscuridad fue cubriendo todo el espacio, hasta cubrir de negro los ojos de Omar; quien ahora escuchaba con mas intensidad que nunca, el ir y venir de la marea.

La ciudad se encendía, las luces brillaban como estrellas de colores. Todos iban llegando, la música se escapa de todos los rincones. Ella recorría todos los salones buscando a Omar: el tenia que estar allí; lo buscaba nerviosamente, salio al patio y nada (la siguió con la vista, sabia a quien buscaba) sus ojos angustiado lo buscaban, no podía soportarlo, tenia tantos deseos de verlo; pero el, Omar, estaba demasiado lejos; lejos de aquel ruido, de aquella música estruendosa. Ella volvió al salón principal, allí en el centro estaba Ray Troll, con su nuevo baile y a su alrededor un grupo de jóvenes trataba de imitarlo. Ella palideció al verlo, su presencia le infundía miedo, aquella mirada dura, aquella expresión inflexible: se alejo rápidamente. Vio como Irma se alejaba, casi corriendo; Nil sintió lastima por ella, Omar jamás la amaría, era un asceta que vivía solo para su ideal; sin saber porque lo invadió una lejana tristeza. La vio recorrer los salones buscándolo ansiosamente y el la siguió sigiloso; luego vio como alguien la tomaba de un brazo y casi a rastra la llevaba al medio del salón; la vio hundirse en la multitud, la vio perderse entre gritos y alaridos; se alejo lentamente a refugiarse en un ángulo oscuro; allí le llegaba aun el ensordecedor ruido. En su mente se repetían las rimas de Bécquer, se repetían una tras otra, ajenas a su voluntad; se repetían, se repetían. En medio de todo aquel bullicio el estaba solo escuchando una voz que repetía: “Llego la noche y no encontré un asilo; ¡Y tuve sed!… Mis lágrimas bebí; ¡Y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos cerré para morir! ¡Estaba en un desierto! Aunque a mis oídos de las turbas llegaba el ronco hervir, yo era huérfano y pobre… ¡El mundo estaba desierto… para mi!”.

Amanecía; Omar se sorprendió al verla en la puerta de su casa, esperándolo. No dijo nada, la tomo suavemente del brazo y entraron.

¿Por que no fuiste? pregunto ella.

No pude.

Quiero estar siempre contigo.

No puede ser.

Al menos déjame estar el mayor tiempo posible a tu lado… ¿Por que me rechazas?

No puedes entenderlo. Tú jamás podrás vivir en mi mundo… Somos un accidente y nada más.

Quiero estar a tu lado diciendo esto le lanzo los brazos al cuello.

No puede ser. Te haré daño.

Me conformare con que solo salgas conmigo de vez en cuando, cada vez que tú puedas. Yo siempre estaré a tu disposición.

No hables así. No puedo oírte hablar así. No puedes entenderlo. Créeme para mi no existe otra.

Callo, se asusto de lo que acababa de decir; pero la más sorprendida fue ella.

Bien te mostrare algo dijo al fin.

Salieron juntos en el auto, se alejaron de la ciudad y penetraron en el bosque.

¿A donde me llevas? pregunto ella asustada.

Detente por favor… Me asustas.

El detuvo el auto y salio.

Ven.

No me gusta este lugar, me da miedo.

Te das cuenta: le temes a las cosas que yo amo. No quiero engañarte; no quiero que lleves mi cruz, precisamente porque tal vez… Te ame. Eres buena Irma, pero hay cosas que no comprenderás; lo se, lo siento en tu mirada, en tus palabras; este no es tu mundo, y creo que jamás lo será; no quiero que sufras por mi.

Subió nuevamente al auto y regresaron a la ciudad.

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Acerca de Alejandro Madruga

Licenciado en Cibernética Matematica. Trabajo el tema de la Inteligencia Artificial desde 1986. He publicado articulos y ensayos sobre la Cibernetica y las tendencias tecnologicas. También he publicados narraciones de ciencia ficción
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